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Borondo (2015)

Realidad de asfalto

Vi una niña apenas esbozada, de espaldas, caminando. Un leve trazo negro y un toque de gris, era casi nada y era, también un todo completo. Recordé a Velázquez, ese noble que de vez en vez daba unas pinceladas. Recordé a Goya y creo que a todos los grandes de la pintura española. Era triste, era una niña triste, pero no derrotada. Tenía ese “no sé qué”, que como diría Kant, es lo que podría definir a una obra de arte. Solo lo que es irreductible a concepto es arte. Y por eso, esa niña apenas esbozada, se me hizo arte. Quise, de inmediato, saber quien era el tipo que había hecho eso, quien había conseguido con unos simples trazos hacer regresar a mi cabeza a toda una tradición pictórica tan denostada como necesaria para entender mi país y para entender el arte. Y el tipo en cuestión se llamaba Borondo.

En la primavera del 2011 pude entrevistarlo. Me contó su vida e insistió en la idea de recorrer, en el estar en la calle, en su modo de expresarse como una búsqueda permanente, una deriva y un hallazgo casual. En sus palabras se aglutinaban sabidurías de todos los movimientos artísticos precedentes, pero eran sabidurías innatas. Formas de vivir, y al vivir pintar, como algo orgánico, intrínseco a lo cotidiano, natural, como algo que surge porque tiene que ser así: “Dibujé toda mi vida, tengo déficit de atención y me he dedicado toda mi vida a no escuchar al profesor y dibujar en el cuaderno. Conservo alguno que otro. Ves el inconsciente del niño. Siempre me fijé en las pintadas de la calle, no sé porqué. Creo que hay gente que se fija y otra que no se fija.” También me habló
de un maestro anónimo, un tipo de Segovia, otro que caminaba las calles de su pequeña ciudad. Borondo lo copiaba en la intimidad, en privado, en las paredes de su propia casa: “Yo trataba de hacer esos dibujitos, pero en mi casa, en mis paredes, mi madre me dejaba rienda suelta, pintaba el pasillo de mi casa, esa libertad que me dio mi madre me ayudó mucho, aunque luego tuvieran que repintar...”

Cuando por fin salió a la calle lo tenía claro, el objetivo comunicar, que la gente pueda leer lo que tu quieres contar. No tanto conformar una identidad dentro de un colectivo cerrado, sino hacerse agente comunicador para expandir las audiencias y los públicos, buscar interlocución con la mayor cantidad de gente posible. Para su poética es fundamental, según me contó, que una obra no sea legible, que comunique y que llegue. Es curioso que Borondo no use series infinitas, ni plantillas, ni grafismos prediseñados en un ordenador. Los ordenadores no parecen interesarle especialmente, la infinita repetición tampoco. Hay que andar los caminos de la ciudad, o de fuera de la ciudad, y localizar el lugar. Descubrirlo, a veces la obra ya está perfilada, pero solo unos tantos, o quizá solo él, la lea. Ya lo dijo Da Vinci hace mucho mucho tiempo, no hay más que mirar atentamente las manchas de humedad de una pared cualquiera. Siempre la obra ya ha comenzado.

Cuando le pregunté como gestaba una obra en la calle me dijo: “Bueno, al final coges un sexto sentido, vas todo el rato observando, hay mil cosas que nadie ve... hay intervenciones súper sutiles, quiero incitar a la gente a que abra los ojos, hay muchos lugares, espacios con encanto, lugares para intervenir, y más o menos... voy paseando, con la bici... bueno, casi todos lo hacemos... vas buscando, vas diciendo, a veces dudas otras encuentras un lugar de la ostia, sino dices, esto vuela, lo tuyo es un modo de vida, un buscador permanente, es una drogaina.”

Y las ideas, para quien quiere comunicar gráficamente son materiales. Y ahí que yo llame a Borondo el Realista del Asfalto, porque no hay sprays, ni contornos hiper definidos, ni colores planos. Me confesó que cuando comenzó a indagar nuevos materiales, rotuladores, rodillos, brochas, pintura plástica, sus colegas de entonces lo veían como a un profanador. También a Da Vinci lo denostaban por su experimentación en materiales, también a Reynolds, el pintor inglés y a De Kooning y su extravagante aceite de nuez. No hay sprays, no hay fotocopias, ni repeticiones, ni réplicas que empapelan todos los lugares que uno encuentra a su paso. Hay pinturas en las que a veces se pinta y otras se despinta. Como me comentaba, la técnica del raspado le va muy bien porque quitar pintura nunca es ilegal.

La labor de los artistas urbanos, los artistas de la calle, tiene sentido en un contexto de reivindicación social mucho más amplio. Por eso le llamo realista. Cuando uno ve un Borondo piensa en Samuel Beckett, y en sus personajes indiferenciados, parados en un momento que quizá sea infinito, anónimos e incluso anodinos. Seres indeterminados, casi difuminados, sin una característica definitoria, sin una definición estanca, pueden ser cualquiera, incluso tu mismo. Gentes perdida, gente con la boca tapada, gente de espaldas, esperando por siempre, gente que se esconde, gente que mira, gente que come flores como ultima posibilidad, gente bella, gente reptando, gente pasando, gente con tirachinas. Gente, gente, gente. Personas. Multitudes singulares. Todos siendo cualquier y siendo ellos mismos. Todo eso lo logra Borondo como ya lo hiciera Velázquez dando unas pinceladas de vez en vez.

Gloria G. Durán