Del 6 de febrero al 17 de abril

Martes y miércoles de 17 a 20 h.

Jueves, viernes y sábado de 10 a 14 h y de 17 a 20 h.

Lunes, domingos y festivos cerrado

Carlos Aguilera (2017)

High School Musical

Me levanto a mear cuando ya está amaneciendo y ya no puedo aguantarme más las ganas, y justo en el momento en el que el chorro se corta definitivamente tengo otra vez la sensación de que todas mis exnovias tomaron la decisión correcta. Al volver a la cama oigo los ronquidos de mi abuelo al otro lado del pasillo y me quedo un rato parado delante del cuadro de la Virgen del Rosario contra el que me abrí una ceja con ocho o nueve años. Me da miedo volver a meterme en la cama y no poder dormir, así que decido bajar a la cocina a comer algo, y ni siquiera he acabado de tomar la decisión cuando me tropiezo con el árbol de Navidad que está desmontado al lado del último escalón. Me quedo parado esperando a que los ronquidos de mi abuelo se reanuden y me den permiso para continuar. Encima de la mesa de la cocina hay una bandeja envuelta en papel de regalo rojo. Lo rompo lo mejor que me deja la taquicardia que tengo y dentro encuentro un roscón de Reyes sin estrenar. Arranco una esquina, pero al intentar metérmela en la boca, me da una arcada y algunas migas salen volando hacia el suelo, así que dejo el trozo mordido otra vez en la bandeja.

Me quedo trabado mirando la dentadura postiza de mi abuela que flota en un vaso al lado de la ventana. Al otro lado del cristal veo la casa medio derruida de la Chona, con la que tenía pesadillas de pequeño porque mi primo me decía que la vieja iba a volver del más allá para obligarme a atarme los cordones. Me quedo mirando el amanecer por la ventana, por el trozo de horizonte que queda entre la central térmica y la fábrica de cementos, acordándome de todas las veces que, estando lejos y borracho y drogado y solo en Madrid, he visto el mismo paisaje durante horas en Google Maps. Intento hacer un repaso de lo que han sido las Navidades pero no consigo recordar nada.

Intento hacer un repaso de la noche de ayer. Me veo a mí mismo en el parque meando borracho desde lo alto del tobogán por el que me tiraba de pequeño al salir de clase. Me veo a mí mismo dudando de si debería mear borracho desde lo alto del tobogán por el que me tiraba de pequeño al salir de clase, y decidiendo que sí, que a la mierda los niños, que si yo ya no puedo tenerlo no quiero que nadie más lo tenga. Veo el campanario de la iglesia y veo a unos niños tocando las campanas mientras me relleno un cubata de ginebra de una botella que no es mía. Veo el coche de la Guardia Civil llegando al parque y a todo el mundo cogiendo sus cosas y echando a correr en cualquier dirección.

Me veo a mí mismo cruzando corriendo y sin mirar la carretera de al lado, la General, y también me veo a mí mismo de pequeño jugando al fútbol en el mismo parque, y veo el balón yéndose rodando al otro lado de la carretera después de un pase de mierda que no me dan al pie, y me veo parado al lado de la carretera decidiendo si cruzar o no, y veo a mi madre vigilándome y castigándome por haber cruzado la carretera cuando estaba terminantemente prohibido hacerlo, y me veo a mí mismo pasando toda la semana siguiente castigado, mirando desde las ventanas de la cocina de casa de mi abuela a las de la Chona, sin ser capaz de decidir si me daba más miedo estar dentro de casa o fuera. Incapaz de decidir si me sigue dando más miedo estar dentro de casa o fuera.

En algún momento del verano pasado mi abuela me explicó que la General ya no es peligrosa, que antes no paraban de pasar coches, pero que ahora, por culpa de trenes y autopistas, está llena de bares y gasolineras abandonadas. Que no es peligrosa, que puedo cruzarla hasta sin mirar. Que el pueblo se muere, que huya. Parpadeo todo lo que me dejan los efectos restantes de la droga y lo primero que pienso es “cómo es posible que vuelva a tener ganas de mear”. Y lo segundo que pienso es “cómo es posible que siempre quiera estar en un sitio diferente al que estoy”.

Y sigo intentando recordar la noche de ayer. El bar del pueblo lleno de gente que, como yo, ha vuelto a casa por Navidad y que, como yo, mañana desaparecerá hasta verano. Saludar a gente que no te reconoce y que te salude gente a la que no reconoces. Coincidir de vez en cuando. Encontrarte con tu primo que te dice que por qué no salís a tomar algo la semana que viene y decirle que sí, que claro, pero callarte la parte
de que mañana te vuelves a Madrid después de comer. Esperar que lo adivine por sí mismo. Y no querer estar aquí pero saber que en cuanto te vayas vas a querer volver. Y necesitar estar cada vez más lejos. Y seguir recordando la noche de ayer.

He visto a Cristina por primera vez desde que me dejó hace tres años, fumando de la mano de su nuevo novio en la puerta del bar cuando he salido a vomitar, y me ha preguntado que qué tal por Madrid, y me he encogido de hombros y le he preguntado que qué tal por aquí y me ha dicho que muy bien, aplastando los labios y dirigiendo con su mirada la mía hacia su mano y la de su novio, que se entrelazaban a la altura de su cintura, y me ha dicho que si echo de menos el pueblo y le he dicho que supongo, y le he dicho que qué hace ahora y me ha dicho que está currando en la tienda de ropa de su madre por las mañanas y que por las tardes se está sacando un FP de peluquería o algo así, y me ha dicho que qué tal mis padres, que hace mucho que no los ve, y le he dicho que yo también hace mucho que no los veo, y me ha dicho que ojalá me traigan muchas cosas los Reyes, y me he ido a vomitar entre dos coches. Y no dejo de pensar en la frase “probablemente he visto más gente desnuda que todos mis antepasados juntos”. Y no sé quién me la ha dicho. Y al acabar de vomitar es cuando he tenido por primera vez la sensación de que todas mis exnovias tomaron la decisión correcta. Y alguien tira un petardo. Y no sé si la sangre que tengo en las manos es mía, tuya o nuestra.

Óscar García Sierra