Del 6 de febrero al 17 de abril

Martes y miércoles de 17 a 20 h.

Jueves, viernes y sábado de 10 a 14 h y de 17 a 20 h.

Lunes, domingos y festivos cerrado

Cecília Vidal (2021)

Por un instante, justo antes de ser cubiertas de significado, las imágenes están solas. Solas entre sí y solas de sí. Despojadas, preverbales, antes que nuestros ojos las carguen inmediatamente con asociaciones, antes que nos montemos en ellas.

La cámara fotográfica suspende la acción del mundo sobre la imagen, las despoja de su futuro pero también de su pasado. Su técnica permite que la cosa se exprese a sí misma como cosa, en su materialidad pura, en ausencia de significado. Sin embargo, y porque justamente las imágenes fotográficas se obtienen del mundo y así las pensamos, ellas se convierten en equivalencias de algo que conocemos o podemos conocer, aunque sea virtualmente. Miramos y leemos, miramos y reconocemos en un acto de sentido que nos da placer. Hay comunicación, hay un intercambio. Fin de la transmisión.

Pero, ¿qué pasa con la imagen? No hay imagen si no hay ojo que la perciba, y ese es el precio que la imagen paga para existir, que siempre será de alguien, alguien que la leerá en su idioma. Pero ella sola no tiene idioma, tiene expresión, forma. Su ausencia de significado se desvanece. El filtro de mensajes que el objetivo fotográfico hace dura apenas lo que dura la aparición de la imagen. Su falta de sentido, que es su sentido propio, acentrado y titilante, se elimina; una mirada la direcciona, le da un nuevo pasaporte, una nueva ontología.

Para que haya imagen debe haber luz desde el objeto y luz desde la mirada, ésta última es la que anula la expresión misma de la cosa, la luz de la mirada ciega la luz del objeto y embiste su literalidad. Por eso, tal como los mensajes que se autodestruyen en las películas de acción luego de ser oídos, la imagen, cualquier imagen contiene en sí su propio velo, que se activa inmediatamente con la mirada, con la escucha del mensaje secreto, en cinco, cuatro, tres, dos, uno.

Perdimos la imagen, por su propia naturaleza. Queda la ideología, pero debajo persiste la expresión imaginal, el rastro de la ausencia.
Apenas tarde habla de esa ausencia, intenta meterse entre los residuos de una realidad y volver a reconstruirla como lo hacen los médicos forenses, produciendo quizá algo que no es la imagen real pero tampoco la que luego el ojo construye. El encuentro directo con la imagen sola no es realmente posible; de momento lo único que podemos hacer es imaginar cómo librarla de nuestra mirada y tratar de verla ajena a nosotros. Y ver cuánto resiste el juego del desapego imposible.

Para eso utilizo fotos de un viaje, creo que todo viaje es una experiencia de lo ajeno, de lo que no tenemos y no somos. El viajante transita por lugares extraños, esquinas siempre nacientes, porque la primera mirada los da a luz. Él puede señalar y hacer imágenes para recordar, pero se le escapan; la ciudad que transita un viajante es una posible imagen de lo que no tendrá. Todo el tiempo viendo cosas por primera vez, por primera vez recordando cosas nuevas. El lugar se le presenta y se le escurre, se muestra, lo aprehende y desaparece.

Así se genera un extraño deseo, más bien una añoranza. En cada sitio hay una hora del día para la nostalgia del viajante por algo que nunca fue, cuando se sienta en el banco de una plaza, cuando mira los interiores de la casas con ventanas abiertas, la señora que entra a su hogar sin pensarlo; él quiere una rutina propia allí, cruzando la calle a comprar café para todos los desayunos.

Creo que también esto ocurre, casi sin darnos cuenta, cada vez que vemos una imagen, una añoranza por lo que nunca hemos tenido, su presencia directa. Por eso a veces es preciso nombrar las cosas por sus bordes y tratar de preservar lo que queda de la imagen, es decir, mantenerla ajena, extraña y delicada. Lejos de una rareza, lo ajeno es el reconocimiento de algo inaccesible.

Conservar la ajenidad en la fotografía, con el ánimo de apropiación que ésta implica, no parece ser viable. Pero podemos hacer que el reconocimiento se demore un poco y dilatar la cuenta regresiva.