Del 6 de febrero al 17 de abril

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Cohete Fernandez (2016)

Curiosidad quimérica

«La curiosidad mató al gato», sin embargo es la clave del conocimiento. Cuando pones un pie en el estudio de Cohete Fernández (Murcia, 1989) se despliegan los interrogantes, un carnaval grotesco de objetos recuerdan el arte naif de Antonio Ligabue. ¿Sufre de Diógenes o es una comediante? Ni siquiera lo sabe, dice «no sé», pero también dice «me gusta».

Desastrosamente ordenada, la estancia recoge un sinfín de cosas dispares, plantas, porcelanas, espejos, monjas fotografiadas, libros extraños, antigüedades, piezas de la basura y un gato sin pelo. Un festín bizarro de objetos dispuestos para agradar recogen
la fealdad de la mejor manera posible y, en vez de repercutir perturbadores, te hacen sentir confortable, como si de la sala de estar del Bosco se tratara, un lugar donde poder relajarse sin perder de vista los acechantes peligros de la carne.

«Me iban a poner Chantall, pero me pusieron Alejandra». Un nombre magno que acuña una personalidad potente llena de ambivalencias como su obra, tránsito de lo tierno y delicado a lo terrible y monstruoso. Considera el dibujo como la base de la expresión plástica, utilizándolo como herramienta para trazar su cosmología y ontología imaginarias, por lo que podemos decir que toda su obra es el resultado de un ejercicio terapéutico de comprensión e introspección. «Toda la vida haciendo monstruos», generando seres imaginarios como respuesta a sus inquietudes, una fiesta evasiva e incesante de criaturas fantásticas que inquietarían a cualquier psicoanalista.

Si recorremos su obra artística y remontamos toda su genealogía nos encontraremos con unas ilustraciones de infancia a todo color, rayajos geométricos antropomorfos con doble personalidad, tristecontentos. La nostalgia la acompaña en su crecimiento y recorre toda su trayectoria. Si nos fijamos en sus inicios como dibujante descifraremos la inocencia en trazos redondos y limpios. Véase, también, la desgracia en «los espacios imposibles» de tinta china negra fondeada a un color para dar razón a un sinsentido vital.

Un libro de artista fue la respuesta de Cohete Fernández para interrogarse sobre por qué quería ser ilustradora. Decostruyendo su proceso creativo se diagnosticó colorfobia, posibilidad de ahogamiento en vasos de agua, impaciencia y volatilidad (sin fondo). Dibujar para Alejandra significa satisfacción, compañía y recreo; un juego a solas donde acontecen realidades paralelas del subconsciente: «No me enfrento a proyectos, el dibujo es un proyecto continuo».

«Aprovechar la locura» y «focalizarla en juego»: jugar a tatuar, a moldear arcilla o porcelana y, si se quiere, a coser o fotografiar. A Cohete Fernández le interesa investigar lúdicamente, así empezó a tatuar. Concibe el tatuaje como un elemento curativo antes que un resorte estéticocomercial. Arte permanente en cuerpos para recordar o rememorar conclusiones. Así, dibuja líneas negras en las pieles sin punto de retorno, con el fin de que sus ilustraciones en cuero humano paseen por el mundo.

Cuando juega con la cotidianidad hace fotos. Aunque no se considere fotógrafa, dispara ocasionalmente, contrastando lo consciente y cercano con sus ilustraciones oníricas y subcosncientes. Esta es la suerte de la locura creativa para la artista murciana afincada en la ciudad de Valencia.

Despertar la curiosidad, buscar lo opuesto y lo distinto. Emprender una aventura quimérica donde el sueño o la ilusión sean inalcanzables. En la actualidad de Cohete Fernández el viaje artístico como odisea no es suficiente. El dibujo como proceso supone un coste y un aprendizaje, un esfuerzo hecho línea que no basta. Hay que trascender para hurgar en el tormento, en la culpa y poder dar las gracias de ese esfuerzo como conocimiento. Para ello mira ahora al medievo.

Curiosidad y quimera como conceptos clave para yuxtaponer y realizar imposibles, para jugar a la transmutación alquímica, añadir y multiplicar brazos y cabezas. Inventar un macrocosmos biológico, buscar el origen, lo mágico, investigar el ser andrógino cabalístico y regresar a un feudalismo donde se incluye el octavo pecado, la tristeza. Es así como Cohete Fernández nos catapulta a su medievalismo estético, ofreciendo una experiencia visual de lo más inquietante.

Letícia Marrades