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Ester Pegueroles (2018)

Km 0 : La distancia que une

Pensar la distancia entre dos cuerpos, entre dos lugares. Partir de la imposibilidad de realizar un recorrido, una aproximación hacia un espacio que despierta un recuerdo. Habitarlo mentalmente, pero no poder visitarlo, físicamente. «Km 0», la serie fotográfica que aquí nos ocupa y preocupa, plantea una recreación visual de trayectos entre la ubicación de una serie de presos de la Escuela del Centro Penitenciario de Albocàsser, en Castellón, y los lugares que estos invocaron en sus escritos tras un taller voluntario con Ester Pegueroles, y que luego la artista registró en su trabajo: la estación del Norte de París, las Ramblas de Barcelona, la playa del Grao de Castellón o, entre otros emplazamientos, las minas del río Tinto.

Fue la primera vez que llegaba a París, y a Francia. Iba solo y entre tanta gente no conocía a nadie. Tenía que venir a buscarme un amigo pero no pudo. Pasé la noche y vino al día siguiente.

El título del proyecto «Km 0» evoca el vacío o la negación del espacio que arrastra la etimología del número. Una palabra que Fibonacci tomó de los árabes (sifr) y estos, a su vez, de los hindúes, quienes definían el cero como una «apertura del universo», una resta sin fin: 0-0=0-0=0-0=0 ad infinitum. Con este oxímoron se me presentan las obras reunidas para la ocasión: la negación de un espacio, pero también sus infinitas aperturas en forma de fotografías que nunca fueron, pero que aquí serán: un vacío lleno, un recuerdo olvidado, una verdadera ficción.

Este lugar rodeado de árboles, rocas y parajes dignos de una postal por su belleza, atravesado de un río de agua cristalina y pura en el cual los peces nadaban y disfrutaban de su medio. Realmente increíble.

No obstante, el Centro Penitenciario de Albocàsser arrastra otra doble condena. La mayoría de internos son foráneos y apenas reciben visitas.
Su emplazamiento desprovisto de servicios en el interior de la provincia, y en muchos casos la complejidad de sus causas (se trata de un centro de alta seguridad) hace que uno de cada tres funcionarios solicite el traslado. También las quejas de los presos son cada vez más frecuentes y nos recuerdan (como de igual forma lo hacen los recientes debates sobre la prisión permanente revisable) que la reinserción y reeducación social son derechos fundamentales en nuestra cada vez más regresiva democracia.

No es un sitio totalmente pacífico, pero los bancos dispuestos a lo largo de la escalera dan opción a meditar y reposar después de un día de playa.

La serie de fotografías en las páginas que siguen a estas palabras despliega el malestar al que la artista se enfrenta: la incomodidad del kilómetro cero y de la distancia corta entre dos cuerpos anónimos, bajo sospecha; pero también el desconcierto que emerge en los procesos de resignificación de lugares a los que se desplaza que, de entrada, no pertenecen a su memoria y de los que Ester se apropia con el fin de explorar la imposibilidad de representar la experiencia ajena. Pero, ¿por qué revisitar los recuerdos de ese otro institucionalizado y privado de libertad? En su ensayo El antropólogo como héroe, Susan Sontag nos recordaba que la creciente aceleración de la historia llevaba consigo una suerte de vértigo intelectual, un mareo que acarreaba una sensación de falta de pertenencia, de hogar. Para reducir la ansiedad de este vacío lleno de sensibilidades, filósofos, antropólogos, artistas, se medían entre la rendición frente a lo exótico, lo extraño, el otro, y su domesticación a través de la ciencia y su pseudoneutralidad.

Celebrando la figura de Lévi-Strauss, Sontag nos recordaba que es precisamente a través de la reflexión personal sobre el desplazamiento, sus paisajes, las relaciones entre la alfabetización (del otro) y el poder, cómo la conciencia del siglo xx tomó forma e institucionalizó el
intelecto. «El que sabe escribir es el rey de la cárcel», me decía Ester. Sin embargo, como ya anticiparon Foucault y Certeau, los espacios de rendición, domesticación y vigilancia no solo se encuentran en los centros penitenciarios. Este proyecto nos recuerda que las nuevas jerarquías institucionales que emergen en el tiempo de las pantallas, y que cada vez más se desprenden de los cuerpos y acortan las distancias, no son ajenas a la vigilancia y al castigo. El espacio virtual de los ceros y unos, con su capitalización de la experiencia a través de la mirada, el deseo y sus clics, lejos de sumar, restan autonomía. La nueva economía incorpora el tiempo, otrora inútil, a su cartera. Y con el tiempo como capital, el vértigo intelectual del que hablaba Sontag hace media década, que surgía con la aceleración de la historia, se afianza. Quizás por ello las fotografías de «Km 0» celebran el desplazamiento del cuerpo, del suelo que pisa y del paisaje que habita sin pretensiones ni juicios, y nos recuerdan la microresistencia que el mero hecho de poder caminar, mirar, sentir, ejerce en nuestra lucha diaria por redibujar los procesos de emancipación,
frente a la alienación contemporánea.

Nunca había estado en un lugar con tantas plantas y flores.

Laura Vallés