Del 9 de marzo al 18 de mayo de 2024

De martes a viernes de 18 a 20 h.

Sábado de 11 a 13 h y de 18 a 20 h.


INAUGURACIÓN: Sábado 9 de marzo 12 h.

El Convent, Espai d'art, C/ Hospital, 5 Vila-real

Gema Quiles (2023)

Paseando por el huerto, me dijo un manzano: «El escenario en el que nos movemos está muy normalizado, pero oiga, es rarísimo». Si te fijas bien, si prestas atención a los detalles y analizas lo que pasa en cada casa, en cada esquina, en cada institución, es delirante. El mundo, la sociedad, las ciudades, este pueblo… están llenos de mentalidades, escenas y dinámicas que no soportarían un examen de racionalidad. Si lo miras en serio y no sólo caminas por él por inercia, puedes verlo casi como un videojuego, o un sueño, o una visión alucinógena. Abigarrado y complejo, una sinfonía de jaleos y gestiones, cosas que hacer y cosas que nos gustaría que fueran de otra manera, cosas que dan pereza y cosas que por razones inargumentables, son como obligatorias, cosas reconfortantes y maravillosas, y también ilusionantes. Muchas cosas, al fin y al cabo, y todas a la vez.

Caviloso con este discurso aún ordenándose en mi cabeza, atravieso un reguero, y veo escrito en la tierra húmeda, en nuestro deambular alucinado, en nuestro videojuego, en nuestro sueño, hay apartes. Hay caminos apartados, que siempre vuelven al principal, pero que nos llevan por un rato a la tranquilidad, a la reflexión, espacios aislados donde todo es más simple. Como cuando sales del garito a fumar y dejas de escuchar la música de repente y te da el aire. Como cuando te vas una tarde al monte tú sola. Como cuando pasas un día entero en casa sin hablar con nadie porque llevas una semana interactuando con gente y haciendo mil cosas. Como sumergirte bajo el agua de la piscina y dejar de oír sordamente el alboroto de los niños que te rodean. Este aparte, para unos, es ir a sentarse en las rocas en la playa, o un cigarro en la ermita frente al río. Para otras es un garaje donde poder pintar con tranquilidad. Cortar leña con su madre. Dar de comer a sus gatos en el maset. Para otros es un paseo por el huerto de su abuelo, o de cualquier abuelo. A veces es incluso visitar el pueblo, cuando uno vive fuera. Es un sitio seguro, calmado, básico, donde poder respirar, donde la alucinación de la vida baja la intensidad y no pasan tantas cosas. Donde el ruido se calla un poco, podemos escuchar lo que dicen nuestros huesos y subir un grado la libertad. Es una siesta en la morada primigenia, contra el rascacielos de luces y sonidos incesante.

Una presencia me despista, pasa el regador y dice: «¡Buenas!» y su perro ratonero apostilla: «siéntelo, esto es un huerto». Aquí manda la naturaleza y sus estaciones. Hay naranjas y manzanas, almendras y albaricoques, si tienes hambre las comes. Si se riega, crecen, si necesitas madera la coges, si tienes sed, del reguero bebes. ¿Qué paz, no? Qué sencillez. Úsala sabiamente.

Sigo. Paseo entre los árboles, voy pasando las manos por las hojas. Hay una lagartija en el suelo, nadie opina sobre el asunto. Hay cañas quebradas en el suelo, otras aún soportan el peso de las ramas: un invento sencillo. Acabo la fila, me asomo a la balsa, flota algo de limo, virtualmente eterno. Me siento en el reguero, cojo un palito, lo quiebro y lo tiro, sin finalidad ninguna. Disfruto la sombra. Disfruto el solecito. No voy a ninguna parte, por lo tanto no llego tarde. No tengo miedo a perderme nada, porque no sé lo que está sucediendo y no puedo ni quiero ir, estoy en el aparte. No hay gente estresada a mi alrededor. No tengo que organizar nada, por lo tanto, con nada hay prisa. Todo es siempre tan intenso, que aquí la sencillez embelesa. Siempre hay tantos colores, que a veces sentimos el impulso de pintar en blanco y negro. Todo es tan grave y se vende como tan serio, que en algunas cosas necesitamos hablar en diminutivo. Todo es tan moderno, que da gustito volver a lo primitivo. Plantar, recolectar, comer, pasear, beber, sentarse, pintar lo básico, lo justo. Hojas, agua, frutas.

En fin, sal de este tubo aséptico, ya termina el aparte. Vuelve al caótico universo en construcción, tu universo, en el que pasan cosas y tienes que hacer cosas todo el rato sin entender la mitad. Pero vuelve aquí cuando necesites no hacer nada, ser libre, acordarte de lo que es la simplicidad.

El cuadro es el huerto. El huerto es el pueblo. Es el tiempo muerto del trajín, la pausa de lo atropellado. Donde probamos y donde nos da igual. Es el espacio de libertad y sencillez. Este texto no es un huerto, es demasiado complejo. Pero tú tendrás el tuyo, y ella tiene los suyos.

Kike Navarro