Inauguración: sábado 28 de febrero de 2026, 12 h.
El Convent, Espai d'art, Calle Hospital, 5
Vila–real, Castellón
Gerard Bomboi (2026)
Rememoradors
El neurocomunicador gritaba por el pasillo. Su tono frío y agudo alertó en milésimas de segundo a O’not, que solo estaba a un gesto somático de contestar. La conversación entre los dos testigos se inició, uno en la penumbra de las ruinas subterráneas, el otro en la superficie. Sus palabras estaban constreñidas por la evidencia de que todo estaba siendo recordado en la caja negra que ambos portaban.
—Drareg.
—O’not. ¿Cómo ha sido el registro bajo la arena?
—Aquí el mundo de antes solo ha cambiado de color. La ruina florece por dentro. Las especies que aún perduran han reclamado su espacio, el aire es tan distinto… húmeda y frágil, la vida insiste.
—No estás solo. —Drareg le cortó rápidamente. No era siquiera una pregunta, era una afirmación tan seca y polvorienta como el desierto que ambos llevaban pisando semanas.
—Viven tres. Y no se ocultaron al verme llegar. Se reúnen en torno a un árbol, le hablan en voz baja. Puede que estuviera ahí mucho antes que ellos. Y uno de ellos es quien lo ha sembrado todo. No hay capilla, no hay ofrendas elaboradas: solo horas por las que la luz se cuela, a duras penas, a través del techo dañado. Y aprovechan para bañar sus raíces con agua. Mientras el árbol siga en pie su mundo no habrá terminado del… —La señal se perdió por unos instantes.
Decenas de metros más arriba, una ciudad emergía del desierto como un cadáver enterrado a medias. Mientras Drareg esperaba recuperar la línea de comunicación, habló directamente a su caja negra.
—En los informes oficiales el planeta está inhabitado. —Técnicamente no mienten —pausó sus pensamientos—; para la Cofradía, esto no cuenta como vida–. Pero la vida perdura, aunque la gente de estas ruinas apenas se mueve; reducidas a mantas y huesos. Algunas ya solo cargan consigo sus historias. Esta ciudad parece una agonía prolongándose.
Drareg se giró de nuevo hacia las calles, convertidas en grietas polvorientas. Reconoció a algunos de los pobladores del lugar. Con ellos ya había tenido alguna charla. Dirigió su voz hacia el comunicador, donde O’not le esperaba.
—Aquí arriba lo más parecido son los escribas. Hay dos de ellos: uno ha podido enseñar al otro. Sostienen tablillas oxidadas y evitan los suburbios; la escasez los hace peligrosos. Escriben nombres en las paredes; los muertos, supongo. Graban su historia mientras apartan el polvo incrustado en los muros que aún se sostienen. También encontré una forma mínima de intercambio. He estado observando, sin interrumpir, cómo una figura vende dosis de agua, aunque no parecen tener moneda —con un gesto ínfimo ajustó el foco del sensor que sujetaba en su mano, capturando por última vez en su memoria el tema de su encargo—. Aun así, cómo no iban a decidir quedarse aquí, arropados por los restos; si lo único que les rodea es el desierto que se extiende en todas direcciones.
—Ni viento, ni ruido. La arena registra cada paso. Hay una urgencia en ella, como un grito de socorro. —sentenció O’not. La arena, una vez abandonadas las ruinas, se extendía hasta donde los escáneres más sofisticados podían intuir—. Llegamos tarde. No somos nosotros la ayuda que necesitan. Esa ayuda, directamente, no llegó ni llegará.
Perdido y sediento, un viajero arrastraba su cuerpo ceroso frente a las mismas dunas, las mismas rocas, los mismos amaneceres y terribles noches de Bélem, solo la química le impedía bajar el ritmo.
—Uno de ellos se fue. —Volvió a sonar la voz de Drareg. —Los otros hablan tímidamente de él, no se atrevieron a preguntarle por qué, creen que las dunas ya deben haberlo engullido… Dicen que estaba infectado, de alguna manera, por ideas imposibles. Intentó convencerles, sintió la imperiosa necesidad de comprobar si en su planeta aún existe una tregua, una señal, un jardín. No le siguen, pero leen algo profético en su paso: mientras exista alguien capaz de atravesar el desierto y seguir buscando una salida, el mundo no se habrá acabado del todo.
—No les digas más. —cortó O’not.
Ambos se quedaron en silencio, esperando a que el otro sentenciara el registro y cerrara la comunicación hasta más adelante. El registro archivó un minuto de completa estática antes de que Drareg interrumpiera una última vez, después de haber pensado en lo que O’not había suscrito.
—Vamos poeta. —dijo Drareg con una risita. —Estos cuadros no se van a pintar solos, ya tenemos lo que necesita el barón para justificar nuestra estancia.
—Hasta siempre. —suspiró O’not mientras activaba su speeder, pausó por primera vez la caja negra, y sacudió de la cubierta el blanco hidrocarbono antes de irse.
Antoni Bellver Tirado