Del 6 de febrero al 17 de abril

Martes y miércoles de 17 a 20 h.

Jueves, viernes y sábado de 10 a 14 h y de 17 a 20 h.

Lunes, domingos y festivos cerrado

Hyuro (2018)

Lugar. Espacio. Tiempo.

«Todos los otros paneles son más alegóricos, mucho más simbólicos. Abordan los temas del bien y del mal, el hombre y la máquina, lo orgánico contra lo inorgánico, es un programa realmente complejo.»

Leí esta cita del director del Detroit Institute of Arts, Graham Beal, justo al salir del atrio del museo, donde estuve horas deleitándome con uno de los mejores murales que jamás se han pintado: los Detroit Industry Murals, de Diego Rivera. Estos colosos de la cultura del arte exponen las injusticias laborales desde la perspectiva mordaz y marxista de Rivera, que lleva el movimiento del realismo social a su cenit cultural. Mediante esta producción, el autor no solo expuso símbolos políticos que representaban su época más tumultuosa, sino que, además, desafió las normas sociales de su tiempo sirviéndose de una técnica y un estilo exquisitos. Estos cuentan una historia y, en el proceso, se convirtieron en una historia.

Saco este tema en relación con Hyuro, la pintora y muralista afincada en Valencia, puesto que vivimos en la época de lo que podríamos llamar nuevo muralismo, una época en la que el arte urbano, ilegal y sujeto a sanciones, empieza literalmente a llegar al cielo. Los artistas han comenzado a pintar murales en edificios de varias plantas tanto en centros urbanos como en comunidades rurales de todo el mundo. Lo que empezó como un movimiento clandestino, en el que los artistas subvertían el sistema y en cuyas obras se apreciaba una gran carga política, como hacía Rivera, se ha convertido en una suerte de espectáculo ambulante que ha perdido su razón de ser.

Sin embargo, en algún rincón de este concurso mundial de popularidad se encuentra Hyuro, una artista que no solo crea murales y espléndidas obras siguiendo la tradición de los grandes realistas sociales, sino que también tiene una visión firme de cómo el arte, concretamente el arte público, puede tener cabida en el día a día de las personas. En sus creaciones cuenta la historia del mundo actual: describe cómo nos comunicamos, cómo nos sentimos, cómo protestamos o nos sentimos empoderados y, en ocasiones, cómo nos sentimos privados de nuestro estatus social ante el sistema corrupto del mundo en el que vivimos.

Estas observaciones del trabajo de Hyuro apenas rozan la superficie, sin adentrarse en la vertiente poética de su estilo ni en el lenguaje universal que logra crear en el muralismo, así como en las bellas artes. Sus obras cuentan historias; deja espacio al público, literal y metafóricamente, para que encuentre el significado de sus producciones. Si pinta sobre la gentrificación urbana, en su búsqueda creará alegorías que hablen de una historia en un lugar y un espacio. No hace mucho, escribí en Juxtapoz sobre una pintura en concreto: «La imagen muestra a veinticuatro personas, de espaldas al espectador, que observan un gran muro. No se sabe si están perplejas, pensativas o relajadas. ¿Esperan que pase algo? ¿Exigen que pase algo en el muro, detrás de él, o es que el muro en sí obliga a adentrarse en tal estado de reflexión?». Lugar. Espacio. Tiempo.

Aquí es cuando el genio y la gracia de Hyuro entran en juego. En una época en la que el arte urbano y el muralismo se basan en la satisfacción instantánea, es decir, en el impacto inmediato que causa la obra y que lleva al espectador a preguntarse cómo se ha realizado en vez de qué contiene, el arte de Hyuro no sucumbirá a la prueba del tiempo. Ya sea mediante la agitación política o la reflexión particular sobre el modo en que se retrata a las mujeres en los medios, Hyuro nos muestra qué está pasando. Lo que vemos como ciudadanos. Lo que sentimos.

Una de mis obras favoritas se realizó en Berlín. Se trata de una pequeña pintura en la calle, en la que una mujer carga en brazos lo poco que queda del muro de Berlín. Se podría interpretar como una carga colectiva de la historia, o como el recuerdo y reflejo del modo en que nos gusta tener el control sobre nuestra propia historia y nuestro pasado personal. Alude a todo lo que nos llevamos en la maleta, como si el muro representara un viaje evolutivo personal para cualquier persona de cualquier parte, algo que llevarse a casa como si fuera un souvenir. Me encantó la ambigüedad de la pieza, invitaba a la reflexión. Llegaba hasta el fondo de la profundidad de Hyuro como artista y mostraba cómo su trabajo permite al espectador crecer con él, aprender de él y reflexionar sobre ciertas identidades con él.

Para la gente que tiene la suerte de pasar por el lado de sus creaciones cada día, sus obras se convierten en metáforas de la experiencia cambiante de la ciudad. Eso es lo que convierte a Hyuro en una de las voces más relevantes del arte hoy en día: se sirve de las complejas emociones humanas para que, a partir de ellas, podamos elaborar metáforas sociales de suma importancia.

Evan Pricco