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Trashformaciones (2015)

Arte después de la muerte

Nadie dudaría de que el fruto literario, la obra, sea ésta libro, poema o canción —incluso, ya puestos a divagar, guion audiovisual— se destila tras un trabajo empírico. Prueba-error prueba-error hasta que un desamparado ser logra encontrar el camino para explicarse, para construir sus propios puentes de comunicación con el resto de seres humanos, y con el tiempo llega a ser docto en esta materia, la de comunicar. La teoría queda, en mi opinión, relegada a ceremonia de iniciación, salvoconducto, si se quiere, al exclusivo club de artistas —palabra pornografiada por esta cultura impostada que nos gobierna— legitimados a expresar lo que otros ya hicieron pero avalados por su formación en escuelas y centros de tanto prestigio como inutilidad hoy en día. Vivimos un tiempo en que el conocimiento per se ya no sirve de nada. Como decía el anuncio de Pirelli: «La velocidad sin control no sirve de nada».

Cuando tenía siete u ocho años acostumbrábamos a realizar una práctica que ahora veo peligrosa y entonces no era más que un juego. Al salir de clase, unos cuantos íbamos por los huertos construyendo cabañas, haciendo guerras con palos o naranjas y mil golferías más. Olvidé una por un tiempo, y hace poco me ha venido a la memoria. Nos acercábamos hasta la vía del tren y dejábamos sobre el raíl alguna llave que habíamos encontrado. Al pasar el ferrocarril la aplastaba por completo. En aquel momento una llave perdida en el campo se convertía en un objeto de culto, casi menos que un talismán, algo que contemplar y conservar. En definitiva, y por qué no: arte.

No fue hasta que comencé a conocer la obra de Pablo y Blas Montoya más a fondo, que reparé en esta idea. Al comprender su metodología de trabajo, su fuente de energía, su prisma sobre el arte y el protocolo con el que actúan comprendí también que el objeto discursivo de su obra nace de una necesidad humana por aferrarse a la vida, no sólo la nuestra sino también la de nuestras cosas. Decía John Lennon que la vida es aquello que ocurre mientras perseguimos nuestros sueños. También, en mi opinión, la vida es lo que vamos dejando en los seres queridos, pero también en nuestros objetos. Ese armario del abuelo repleto de ropa a medio usar o sin estrenar incluso, pero que lo definen por igual, y lo mantienen vivo de algún modo a pesar de que lleva años en el cementerio. Cuando nos deshagamos de ese armario, el abuelo estará realmente muerto, no antes.

De ese modo se me antoja ver a los hermanos Montoya como una especie de Oskar Schindler, salvando de la fundición, del despiece y de la muerte todos los objetos posibles que pasan por la chatarrería familiar. Como si se apostasen a la orilla de un río e intentasen salvar a personas que flotan a la deriva, torrente abajo, camino de la gran cascada. Así es cómo interpreto yo su obra. Tienen la facultad de ver los objetos más allá de sí mismos, como un buen editor sabe apreciar una gran novela en un primer borrador, del mismo modo. Y una vez escogidos los que se salvarán de la quema comienza el maravilloso proceso de buscar vida dentro de ellos; aplastar, cortar, torcer, aplicar puntos de vista diferentes, romper sus contextos y soltarlos a volar, como quien abre una jaula y observa adónde va el pájaro liberado.

Del mismo modo, Blas y Pablo aplican la fuerza, la inteligencia y la creatividad sobre objetos sin apenas constantes vitales ya, hasta devolverlos a la vida, en forma de objetos de arte.

El arte es una condición propiamente humana. Y ¿qué hay más humano que nuestros propios objetos, nuestros residuos, nuestra basura, chatarra...? Y esa capacidad de comunicarnos emociones, información, lucidez, es lo que convierte al arte en lo que es. Siempre en opinión de este iletrado que les habla. Y para muestra un botón, la primera vez que visité su taller lo recorrí en silencio; su perra Chata (supongo que viene de Chatarra) me acompañaba con un madero entre los dientes porque cometí el error de lanzárselo nada más llegar. Caminé hasta el fondo y encontré, como un jamón en un secadero, una moto Vespa de Correos aplastada como un lenguado. La reconocí, antes de ser arte fue mi moto. La solía conducir cuando trabajaba en el servicio de correo urgente en Castellón hace años.

Nunca dos lectores leen el mismo libro, así como nunca dos personas contemplan la misma obra de arte, lo hacemos desde nuestra propia experiencia, desde nuestra propia vida. Una vida que habría que vivir como el arte de “Trashformaciones”; con prueba-error prueba-error, hasta dar con aquello que queremos, y que permanecía escondido ante nuestras narices.

Ángel Gil Cheza