Del 6 de febrero al 17 de abril

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Ximo Ortega (2013)

Tres pájaros de un tiro

Relata Juan Muñoz en sus Escritos cómo en el altiplano peruano, en un pueblo llamado Zurite, a 3319 metros de altura, una vez al año, sus habitantes erigen una casa, a la que denominan la posa en un costado de la plaza principal de dicha población. Se trata de un entramado de estructuras, sin apenas recubrimientos, un lugar abstracto completamente vacío de objetos, pero repleto de ideas. Durante un año los habitantes ocupan momentáneamente ese lugar, acción que describen como la de entrar en una habitación a oscuras, siempre solos, y en él permanecen durante un tiempo indefinido. Allí nada les sucede a ellos y nada ocurre. En el mismo año de su construcción, año no necesariamente dictado por los 365 días, un día no convenido por la tradición, se retiran algunas maderas que son reutilizadas para otras casas y la posa se quema. La historia vuelve a empezar poco después. Como la posa, el proyecto de la modernidad, que daba cobijo a los ideales utópicos de libertad, igualdad y solidaridad, ha quedado deslegitimado por el paisaje ético-político del universo contemporáneo. Ya no hay ruinas, sino escombros, naufragios de los sucesivos presentes.

En este marco genérico es en el que podemos ubicar el trabajo de Ximo Ortega. Sus esculturas no exponen soluciones de continuidad relacionadas con el futuro, sino una permanente referencia al resto, al fragmento desde el que no es posible reconstruir el todo, a la procesualidad, al reciclaje de la madera que abandona por ello su cualidad de producto para recuperar sus valores en bruto, para perder el olor a mercancía.

Como un carpintero peculiar, va generando híbridos de animal y arquitectura en un bestiario personal en el que se produce la simbiosis de lo orgánico y lo constructivo, marcado por oquedades ortogonales que muestran el interior de esas carcasas, semejantes a muebles inestables. En ellas habitamos siempre los límites y en situaciones siempre límite. Como animales amaestrados, cazadores cazados, los individuos contemporáneos conceptualizamos nuestro tiempo como un presente de aniquilaciones y supervivencias, sin demoras, sin posibilidad de sedentarismo o nomadismo, sino sólo de subsistencias precarias. De este modo, el trabajo de Ximo Ortega es una invitación a cruzar el confuso vacío de la contemporaneidad, sus trofeos espectaculares y su derrota monumental.

Igual que la posa, la escultura de Ximo Ortega es una metáfora del dominio ejercido sobre la naturaleza, idea producto de una convención, de las desavenencias emanadas de la estructuración de nuestros modos de vida. Así revela la fractura entre cualquier realización arquitectónica efectivamente real y la utópica imagen de sentirse en casa en el mundo, mostrando las grietas de una sociedad despersonalizada en la que la política de producción de los espacios y las formas de construir y habitar se revelan en el fondo como elementos puramente especulativos y de rasgos económicos que con frecuencia adoptan la forma de lo salvaje. Los individuos contemporáneos no habitamos, sobrevivimos, buscamos la provisionalidad, tarea de nuestra actual perspectiva de consumo a la que Ximo Ortega alude con una perspectiva radicalmente crítica.

Sus espacios arquitectónicos se desestabilizan y su función genera un desencuentro entre los términos de vivienda y hogar, habitante y sujeto. La casa parece un fardo que ata y somete al individuo y lo inscribe en un proceso de rígida socialización, de domesticación. De este modo se refuerza la idea de que la vivienda se conceptúa como algo distintivo, cuyo consumo otorga determinada condición social en un momento en el que ya parece haberse conquistado casi toda la experiencia vital por parte de valores economicistas, proceso que se rechaza a partir del reciclaje de los materiales efectuado procesualmente en estos trabajos, rescatando el escombro y convirtiéndolo en ruina, haciendo con ello que sean visibles las limitaciones de la norma, aquellas que podrían escaparse a lo establecido y a lo que no se corresponde con las necesidades concretas del lugar.

Aquí la escultura muestra tres imposibles modos de habitar: como parásitos, como salvajes, como clientes. Tres condiciones confirmadas en las urbes contemporáneas, tres perspectivas críticas que Ximo Ortega atenaza con demandar desde sus piezas, para matar tres pájaros de un tiro.

Marina Pastor