Del 6 de febrero al 17 de abril

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Escif (2013)

Ceci n'est pas un graffiti

En 1929, el pintor surrealista René Magritte sorprendió al mundo del arte con una enigmática pintura en la que bajo la imagen de una pipa se podía leer: “Ceci n’est pas une pipe”. La ambigüedad del mensaje marcó el límite entre la realidad y su representación poniendo de manifiesto la subjetividad en la interpretación artística que, en todo caso, quedaría sometida a los criterios ideológicos del observador.

Soy arquitecto y como tal estoy interesado en el mundo de la cultura artística; también en el entendimiento de la ciudad como lugar de intercambio de experiencias. Desde las primeras ciudades modernas postuladas por los pioneros de la modernidad (Le Corbusier, Mies, Gropius...) que reivindicaban la zonificación -y, por tanto, la separación de actividades- como sistema de orden urbano, hasta nuestras ciudades actuales más comprometidas con la diversidad, siempre he creído en el poder de la calle como lugar de encuentro y participación. También como marco para la representación artística: ¿Grafiti? ¿Street art? ¿Arte urbano?

“La calle es mía...” gritaba Fraga Iribarne en la España predemocrática. Hoy, con la nueva Ley de Seguridad Ciudadana, las cosas no parece que hayan cambiado demasiado y nuestra libertad para disfrutar de El Derecho a la Ciudad -reivindicado por Henri Lefebvre- ¿se ha visto recortada en aras de la convivencia? Quiero recordar que para este filósofo francés la gente debería ser dueña de las ciudades, convirtiéndolas en “el escenario de encuentro para la construcción de la vida colectiva”.

Afortunadamente la calle sigue ahí y determinados colectivos de arquitectos, artistas y ciudadanos en general están reivindicando su uso: desde las manifestaciones del 15M (escraches incluidos) hasta los movimientos de participación ciudadana, pasando por determinados artistas urbanos que han tomado los muros abandonados de la ciudad ruinosa como espacios de libertad...

Porque no debemos olvidar que en el origen del grafiti está la acción y la apropiación del espacio urbano, que es de la colectividad. Por otra parte, estoy convencido de que determinadas intervenciones artísticas sobre los muros ruinosos se extienden más allá del grafiti. El muro, entendido como metáfora de la barrera que limita y acota el espacio público, puede ser traspasado mediante la intervención, convirtiéndolo en un inmejorable canal de comunicación. Traspasar ese muro, rompiendo sus límites, y extender el mensaje mediante esa apropiación momentananea supone, por otra parte, una forma inteligente de obviar las restricciones impuestas y avanzar así en la senda de construir la ciudad desde abajo: denunciando los excesos del poder y subrayando el valor de las pequeñas cosas cotidianas, aquellas que deberían de hacer posible los ciudadanos con sus reivindicaciones.

Pues bien, llegados a este punto, quisiera hacer una pequeña reflexión sobre el contenido de esta publicación: ilustrar el vandalismo mediante el dibujo de unas figuras inocuas en un viejo muro de Vila-real no deja de ser un acto reivindicativo que invita a la reflexión en defensa de los intereses generales; pero no olvidemos que, como diría Magritte, “Ceci n’est pas” un acto vandálico, es tan solo su representación... y la interpretación es libre.

Los muros pintados tienen, a mi juicio, valor de obras de arte y como tales han de ser revolucionarios (capaces de remover conciencias). Escif suele decir que lo más importante de sus pinturas es lo que no se ve directamente en los muros. Lo importante es el observador: la persona que frente al mural tiene la voluntad de ver más allá de las imágenes (grafitis) y, con independencia de la calidad de las formas dibujadas, es capaz de interpretar subjetivamente su trasfondo. Porque lo importante no serían las imágenes, sino quién las observa.

Para terminar, y recordando de nuevo a Magritte, les diría que las imágenes que el lector tiene entre sus manos no son grafitis, solo son el registro visual de la mirada del artista a través de la fotografía de sus dibujos y, por tanto, están sujetas a la valoración subjetiva de sus observadores.

No les voy a hablar más de la obra de Escif: tan solo les invito a que pasen, miren y, si es posible, vean.

Íñigo Magro de Orbe. Arquitecto